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LA VULGARIDAD – Self test two

Tengo comprobado que una de las cosas que más les disgusta a mis hijas es que yo sea vulgar. «¡Por favor, papá, no seas vulgar!», me reprochan en cuanto que me descuido. O sea, cuando digo: «¡Todas las mujeres sois iguales!».

Evidentemente esta es una expresión de la que nos servimos la gente vulgar no para hacer un juicio favorable, sino peyorativo; es decir, no la empleamos nunca para decir que todas las mujeres son encantadoras, sino que existe un defecto que es común a todas ustedes. Y, por ahí, no pasan. No les importa que me meta con cada una de ellas, en particular, pero les parece una vulgaridad impropia de un escritor que se las da de sociólogo, el que las meta a todas en el mismo saco.

Para salir del apuro en ocasiones digo: «¡Todas sois iguales!». Observen la diferencia: ya no me refiero a todas las mujeres del mundo, sino tan sólo a las que conviven conmigo, que a pesar de que consigo ir casándolas, siguen siendo muchas e, incluso cunden más porque a su vez tienen hijas que pronto se incorporan a la lista de las mujeres de mi vida todas ellas con una misma línea de conducta en lo que a mi persona se refiere.

En mi casa, hasta el último mono en faldas se atreve a recordarme la lista de cosas que no debo hacer. En tal sentido no me parece tan vulgar el que diga que todas son iguales, porque se sobrentiende que son iguales que su madre que es la que establece las prohibiciones. ¿Qué tipo de prohibiciones? Depende. No siempre son las mismas. Últimamente hemos tenido una hornada de nietos pequeños con los que me llevo muy bien, porque les parece muy bien todo lo que hago. Generalmente son cosas que les resultan muy agradables, como llevarles al supermercado y comprarles chupa-chups, amén de consentirles jugar con la tierra cuando haya llovido, y sea más bien barro.

Esto último les enfada mucho a ellas porque me han traído a los niños de limpio y mira como están, papá. Evidentemente están sucios, pero felices. Y lo que yo digo, no se puede tener todo en esta vida. Me defiendo como Dios me da a entender, arguyo que se estaban peleando, llorando, que de algún modo tenía que entretenerlos y me replican: «¡Pues haberles contado un cuento!¿No te ganas la vida contando historias?». No digo que no les gusten mis cuentos, pero donde esté un buen charco para hacer barro, que se quiten todos los cuentos. Para ser más precisos los charcos les encantan no sólo para hacer barro, sino también para meter los pies dentro, a ser posible con los zapatos limpios.

Al llegar a este punto debo aclarar que hay una notable diferencia entre los niños y las niñas. Mis nietos varones procuran estar lo más sucios posible, y se muestran incapaces de tomarse un helado de chocolate sin pringarse de la cabeza a los pies; mientras ellas son mucho más miradas y una de mis nietas es capaz de tragarse media docena de helados sin perder la sonrisa ni mancharse el vestido. Quizá como consecuencia de este atavismo, mis yernos no me reprenden nunca y, en cambio, mis hijas no me pasan una.

A fin de que haya paz acabo por reconocer que no todas son iguales, pero si muy parecidas y eso lo admiten porque les encanta parecerse a su madre y, supongo, que a ésta a su vez le encantaría parecerse a la suya, y suma y sigue hasta llegar a nuestra madre común Eva. Qué se le va a hacer.

Telva